Pa’ la lamilla, los boletos
CAPÍTULO I - LA OPORTUNIDAD
Pa’ la lamilla, los boletos
Los Muermos, diciembre de 1975
Una conversación en La Piojera
En el popular bar La Piojera, de Los Muermos, tres amigos se reunieron una tarde de diciembre de 1975 para compartir unas cervezas y conversar sobre una oportunidad que volvía a despertar el interés de los habitantes del pueblo. Se acercaba la temporada de recolección de lamilla en La Pasada, una actividad que, por aquellos años, atraía a numerosos trabajadores, especialmente jóvenes que veían en ella la posibilidad de ganar en unas semanas lo que difícilmente conseguirían en varios meses de trabajo habitual.
La noticia no era nueva. Cada verano, cuando se acercaba la temporada, comenzaban los comentarios, los cálculos y las conversaciones entre quienes estaban dispuestos a probar suerte. Se hablaba del buen precio que alcanzaba el alga seca y de las ganancias que algunos trabajadores habían conseguido en temporadas anteriores. Para muchos, la oportunidad justificaba dejar temporalmente el pueblo, alejarse de sus familias y soportar las incomodidades de vivir durante semanas en la playa.
Fernando Subiabre Aguilar, conocido como «Pata Bendita»; Héctor Moreira Ojeda, apodado el «Caluga», y Antolín, el más reflexivo del grupo, llevaban un buen rato conversando sobre el asunto. Los tres compartían la inquietud de mejorar sus ingresos y la disposición a emprender una aventura que, aunque exigente, prometía recompensar el esfuerzo.
—Probemos suerte —propuso Fernando—. Así como lo están haciendo otros que han ido a La Pasada. Dicen que se puede ganar buena plata si uno trabaja con ganas.
Héctor, el Caluga, no necesitó pensarlo demasiado. Levantó su vaso y bebió un largo sorbo antes de responder.
—A mí no me importa pasar unos meses en la playa, trabajando duro y durmiendo sobre la arena. Lo importante es ganar unas buenas lucas. Si hay que sacrificarse un poco, habrá que hacerlo, poh.
Antolín escuchaba a sus compañeros con una sonrisa. No era de los que se quedaban callados cuando había algo que opinar, aunque tampoco acostumbraba a llevar la contraria por el simple gusto de discutir.
—Ya, poh, ¿en qué estamos? —exclamó finalmente—. ¡Me parece buena idea! Pero habrá que organizarse bien. No vamos a llegar allá a improvisar todo.
La decisión empezaba a tomar forma. Los tres sabían que la recolección de lamilla exigía esfuerzo físico y largas jornadas de trabajo, pero también habían oído que, con una buena organización, era posible obtener ingresos muy superiores a los que ofrecían muchas ocupaciones en el pueblo.
En aquella época, el atractivo económico era considerable. Bastaban unas semanas de trabajo intenso para reunir una suma que podía representar varios meses de sueldo. La posibilidad de regresar a casa con los bolsillos llenos hacía que las incomodidades de la playa parecieran un precio razonable.
—Bueno, entonces hay que pensar qué vamos a llevar —dijo Fernando—. Porque no podemos llegar allá solamente con las ganas.
—Y una carpa necesitamos, por lo menos —agregó Héctor—. No vamos a pasar la noche a la intemperie como los perros.
Los tres soltaron una carcajada.
La conversación continuó entre bromas, cálculos y propuestas. Poco a poco, la aventura dejó de ser una idea comentada entre cervezas y se convirtió en un proyecto concreto.
Antolín y el arte de la guerra.
Antolín era considerado el filósofo del grupo. Estaba de acuerdo con casi todo, aunque tenía la curiosa costumbre de cuestionarlo todo al mismo tiempo. Aficionado a la lectura, dedicaba buena parte de sus ratos libres a devorar revistas y libros, especialmente las páginas de Mampato, donde siempre encontraba algún tema interesante que comentar.
Aquella tarde, mientras la conversación avanzaba y las cervezas comenzaban a hacer su efecto, encontró la ocasión propicia para lucirse con uno de sus habituales comentarios. Recordó una reseña que había leído sobre El arte de la guerra, la célebre obra del estratega chino Sun Tzu, y decidió compartir con sus amigos algunas de sus enseñanzas.
Algo mareadillo ya, pero sin que ello mermara su entusiasmo ni sus deseos de demostrar cuánto sabía, se acomodó en su asiento y comenzó su explicación.
—Miren, muchachos, hay una cosa que dice este chino Sun Tzu que me parece muy importante. Antes de meterse en una batalla, uno tiene que estudiar bien las condiciones, conocer el terreno y prepararse para lo que venga.
Héctor lo miró con una sonrisa burlona.
—¡Mira tú! ¿Y ahora resulta que vamos a ir a la guerra?
—No seas ignorante, Caluga —respondió Antolín, sin perder la compostura—. No estoy hablando solamente de pelear con armas. Esto sirve para cualquier empresa que uno quiera emprender. Hay que saber dónde se mete y cómo va a enfrentar las dificultades.
Fernando intervino para poner algo de orden en la conversación.
—Bueno, filósofo, entonces dinos cómo vamos a ganar esta guerra de la lamilla.
Antolín levantó su vaso, satisfecho de haber conseguido la atención de sus amigos.
—Primero, preparándonos bien. Porque la victoria se consigue antes de luchar, cuando uno sabe lo que tiene que hacer.
—¡Ya, poh! Entonces brindemos por la victoria —dijo Héctor.
Los tres chocaron sus vasos entre risas.
A su manera, Antolín había dado en el clavo. Más allá de las bromas, la aventura requería organización, previsión y capacidad para resolver los problemas que seguramente aparecerían en el camino.
Lo que ninguno imaginaba era que, además de las dificultades propias del trabajo, aquella experiencia terminaría enfrentándolos a preguntas que no se resolverían simplemente con esfuerzo y buena voluntad.
El trabajo que los esperaba.
La lamilla, como la llaman los lugareños, es un alga que crece de manera natural en las aguas del río Maullín, particularmente en el sector de La Pasada, Changüé y sus alrededores, antes de la desembocadura en el océano Pacífico. En otros lugares se la conoce como pelillo, y su aprovechamiento comercial constituye una fuente de ingresos para numerosas familias de la zona.
La faena era sencilla de entender, aunque bastante dura de realizar. Los recolectores se internaban en el agua y extraían las algas frescas con horquetas o rastrillos de madera, arrastrándolas hasta la orilla para reunirlas y extenderlas sobre la arena.
Allí comenzaba una parte fundamental del trabajo: el secado.
La lamilla debía quedar bien extendida para que el sol y el viento hicieran su tarea. Los recolectores tenían que vigilarla, moverla cuando fuera necesario y estar atentos a los cambios del tiempo. Una lluvia inoportuna podía echar a perder el trabajo de toda una jornada, retrasar la entrega y perjudicar el precio que obtendrían por la producción.
No bastaba, por tanto, con sacar grandes cantidades de alga. También había que secarla correctamente, mantenerla limpia y protegerla de la humedad.
Una vez preparada, se reunía en montones o se almacenaba en un espacio de acopio próximo al campamento. Allí llegaban los compradores, revisaban el producto, pesaban los kilos entregados y pagaban según la cantidad y las condiciones de la lamilla.
Para los tres amigos, aquello representaba una oportunidad concreta de ganar dinero con su propio trabajo. Pero también comprendían que tendrían que organizarse bien para evitar pérdidas, cuidar sus herramientas y proteger las provisiones que llevarían desde Los Muermos.
La playa no era precisamente un lugar equipado para recibir trabajadores. No había comodidades ni refugios suficientes. Cada grupo debía arreglárselas para instalarse, conseguir agua, preparar sus alimentos y protegerse del viento, la lluvia y el frío nocturno.
—Lo primero es tener dónde dormir —dijo Fernando—. Yo puedo conseguir nailon y armar una carpa.
—Yo me encargo de la comida —ofreció Héctor—. Y llevamos una chuica para el agua. El vino lo compramos allá.
Antolín asintió.
—Yo llevo las frazadas y las mantas. Y mi guitarra, por supuesto. No todo va a ser trabajar.
—¡Eso sí que es importante! —Exclamó Héctor—. Porque si vamos a pasar hambre, por lo menos que tengamos música.
Otra ronda de risas acompañó el comentario.
Entre bromas y propuestas, cada uno comenzó a asumir su parte. La aventura ya tenía un destino, un propósito y los primeros pasos para convertirse en realidad.
Tres amigos, tres maneras de ser.
Héctor Moreira Ojeda, el Caluga, era de aquellos hombres que no necesitaban demasiadas vueltas para decidirse. Si una oportunidad parecía buena, prefería probar suerte antes que quedarse lamentando lo que pudo haber hecho.
Fernando Subiabre, el Pata Bendita, también tenía espíritu emprendedor. Había solicitado unos meses de permiso sin goce de sueldo en su trabajo para aprovechar la temporada de recolección. Estaba dispuesto a dejar temporalmente sus ocupaciones habituales y concentrarse en la faena de La Pasada.
Antolín, por su parte, aportaba una mezcla de reflexión, curiosidad y buen humor. Le gustaba participar en las conversaciones, cuestionar las ideas de sus compañeros y ofrecer explicaciones sobre los asuntos más diversos. Pero no era un hombre encerrado en sus libros ni un filósofo que mirara la vida desde lejos.
También sabía divertirse.
En más de una ocasión sorprendía a sus amigos interpretando canciones de Elvis Presley, entonadas en su particular inglés «chamullado», mientras rasgueaba su guitarra. Según él mismo aseguraba, sabía tocarla bastante bien, aunque sus compañeros no siempre compartieran esa opinión.
—¡Cántate una de Elvis, Antolín! —le pedía Héctor cuando el ambiente se prestaba para ello.
Y Antolín, sin hacerse demasiado de rogar, comenzaba a entonar alguna canción, mezclando palabras en inglés con sonidos que, para sus amigos, resultaban tan entretenidos como la propia melodía.
Entre discusiones, bromas, canciones y cervezas transcurrió aquella tarde en La Piojera. Los tres compartían mucho más que una amistad: tenían la confianza necesaria para reírse unos de otros, discutir sin ofenderse y emprender juntos una aventura cuyo resultado todavía era incierto.
Al caer la tarde, el acuerdo estaba sellado. Irían a La Pasada.
Ahora solo faltaba preparar el equipaje y ponerse en marcha.
Los preparativos para la aventura.
En Los Muermos de aquellos años, conseguir una carpa de campaña como las que hoy se encuentran en cualquier tienda especializada era una tarea difícil. Por eso, los tres amigos tuvieron que ingeniárselas para reunir los materiales necesarios y fabricar su propio refugio.
Fernando, el Pata Bendita, se encargaría de comprar unos cinco metros de manga de nailon para construir una carpa artesanal. Según aseguraba, sabía cómo hacer los pliegues y utilizar coligües a modo de armazón, dándoles la disposición necesaria para sostener el nailon y formar las paredes de aquella improvisada vivienda.
Su intención era que la carpa quedara parecida a una pequeña casita, lo bastante firme para protegerlos durante las semanas que permanecerían en la playa.
—Déjenme ese trabajo a mí —aseguró Fernando—. Con unos buenos coligües y el nailon, vamos a tener casa.
—Mientras no se nos venga abajo en la primera ventolera —bromeó Héctor.
—No te preocupes, Caluga. Tú preocúpate de llevar la comida.
Héctor asumiría precisamente esa responsabilidad. Se encargaría de reunir las provisiones necesarias para la primera semana y de conseguir una chuica que utilizarían para transportar agua potable. El vino, como había anunciado en La Piojera, lo comprarían en La Pasada.
Antolín llevaría las mantas y frazadas para protegerse del frío durante las noches. También se ocuparía de transportar su guitarra, que consideraba indispensable para amenizar las veladas después de las agotadoras jornadas de trabajo.
No podían olvidar los utensilios básicos: tazas, platos, cuchillos y otros elementos necesarios para preparar y consumir los alimentos. Para transportar las cosas y mantenerlas ordenadas, conseguirían algunas cajas en la planta industrial de Lechera del Sur, donde contaban con la buena disposición de don Lucho Avendaño, gerente administrativo de la empresa, a quien conocían del ambiente futbolero que animaba las tardes muerminas.
Poco a poco, las compras y los encargos fueron tomando forma. Cada uno aportaba lo que podía, mientras los días avanzaban hacia la fecha prevista para la partida.
La idea de pasar varias semanas en una playa, durmiendo en una carpa y trabajando desde temprano hasta el final de la tarde, podía parecer una locura para quienes estaban acostumbrados a las comodidades del hogar. Para ellos, en cambio, representaba una oportunidad que merecía el sacrificio.
Confiaban en que el dinero obtenido permitiría compensar los gastos iniciales y regresar a Los Muermos con buenos ahorros.
La decisión estaba tomada. Y la fecha, finalmente, llegó.
Pa’ la lamilla, los boletos.
El viaje quedó fijado para el 2 de enero de 1976. Los tres amigos habían comprado sus boletos con anticipación en el negocio de don Baldo Subiabre y se preparaban para tomar el único bus que cubría el recorrido entre Los Muermos y La Pasada, perteneciente a la empresa de don José Ruiz Tomkowiak, conocido como JR.
Aquella mañana, el vehículo se encontraba estacionado frente a la plaza de Los Muermos, a un costado de la casa de don Baldo. Al volante estaba don Magín Arriagada, conocido conductor muermino, mientras que el auxiliar, el popular «Cacharrita» Almonacid, se afanaba en acomodar el equipaje de los viajeros.
Las cajas con provisiones, la carpa de nailon y los coligües destinados a sostenerla fueron subidos cuidadosamente a la parrilla del vehículo. Los muerminos conocían cariñosamente aquel bus como «la Mayiru», en alusión a la marca Magirus-Deutz.
Los tres amigos revisaron una última vez sus pertenencias. No querían dejar atrás nada que pudieran necesitar durante las primeras jornadas.
Cuando todo estuvo acomodado, Cacharrita se dispuso a subir al bus.
—¡Los boletos para La Pasada, muchachos!
Fernando levantó los suyos y respondió con una sonrisa:
—¡Sí, poh! ¡Pa’ la lamilla! Aquí están los boletos.
La frase provocó algunas risas entre los presentes. Era una manera sencilla y espontánea de expresar lo que los llevaba hasta aquel rincón costero: trabajar, aprovechar la temporada y volver a casa con unos buenos pesos.
Poco después, la Mayiru comenzó a moverse, dejando atrás la plaza y las calles de Los Muermos.
La aventura había comenzado. Camino a la playa.
La Pasada, situada a unos veinticuatro kilómetros al sur de Los Muermos, era accesible por un camino de ripio que, en aquellos años, solía ser polvoriento y sinuoso. El recorrido atravesaba campos, pequeños valles y sectores de vegetación abundante, en un paisaje rural que acompañaba al viajero durante buena parte del trayecto.
En verano, el viaje en bus duraba aproximadamente una hora, aunque el plazo de tiempo podía variar según las condiciones del camino y las paradas que realizaba el conductor para recoger o dejar pasajeros.
A medida que avanzaba la Mayiru, el vehículo levantaba una espesa nube de polvo que quedaba suspendida en el aire. La polvareda se extendía por el camino y, en ocasiones, se colaba por las ventanas, cubriendo los asientos y las ropas de quienes viajaban.
Era una compañera inseparable de aquellos viajes veraniegos.
En el bus viajaban también otros muerminos que, al parecer, compartían las mismas intenciones que Fernando, Héctor y Antolín: dirigirse a La Pasada para trabajar durante la temporada de recolección de lamilla.
Algunos conversaban sobre las expectativas de la temporada; otros miraban el paisaje o permanecían en silencio, pensando quizás en los días de trabajo que tenían por delante. Todos, de una manera u otra, buscaban aprovechar la oportunidad que ofrecía aquella actividad.
Para los tres amigos, el trayecto era también una ocasión para imaginar lo que encontrarían al llegar. Habían escuchado historias sobre la cantidad de algas que se podían recolectar, los precios que pagaban los compradores y las condiciones en que vivían los trabajadores instalados en la playa.
El movimiento que se generaba durante la temporada de recolección era tal que incluso algunas casas comerciales de Puerto Montt llegaban hasta La Pasada en camiones cargados de mercaderías para ofrecer sus productos directamente a los trabajadores. En aquel improvisado asentamiento no solo circulaban compradores de algas, sino también comerciantes que habían descubierto una buena oportunidad para hacer negocios. Entre los artículos que ofrecían había alimentos, utensilios y diversos productos que facilitaban la vida en la playa. Incluso era posible encontrar televisores Antú, aparatos muy populares en aquella época que funcionaban con baterías de automóvil y permitían a quienes tenían uno disfrutar de la televisión en lugares alejados de la red eléctrica.
Sin embargo, una cosa era escuchar aquellos relatos en el pueblo y otra muy distinta era comprobarlo por sí mismos.
Cuando el bus se acercó a la costa, el paisaje comenzó a cambiar. El aire adquirió un aroma marino más intenso y, a lo lejos, se adivinaba la proximidad de las aguas del río Maullín y del océano Pacífico.
La Pasada estaba cerca.
La Pasada: comienza la aventura
Al ingresar al sector, los pasajeros del bus pasaron por las inmediaciones del retén de Carabineros de Lolcura. En los alrededores se distribuían algunas viviendas y calles que conformaban el pequeño núcleo habitado de aquella localidad costera.
Para los tres amigos, sin embargo, aquel no era el destino definitivo. Su propósito era continuar hacia Changüé, donde esperaban encontrar un lugar apropiado para instalar su campamento y comenzar la recolección de lamilla.
Finalmente, el bus llegó al paradero cercano a la playa.
Los pasajeros comenzaron a descender, recogiendo sus pertenencias y preparándose para continuar con sus respectivas actividades. Fernando, Héctor y Antolín bajaron junto a sus cajas, provisiones y materiales, y contemplaron el entorno que los rodeaba.
Frente a ellos se extendía la playa, con su amplitud de arena, el movimiento del agua y el viento que recorría la costa. El lugar era hermoso, pero también agreste. No había comodidades esperándolos ni un alojamiento preparado para recibirlos.
Y todavía tenían que trasladar todo su equipaje hasta el sitio donde pensaban instalarse.
—Bueno, muchachos —dijo Héctor, observando los bultos—, ahora viene la parte bonita. ¿Cómo vamos a llevar todo esto por la arena?
Fernando miró las cajas y después la distancia que tenían por delante.
—Parece que vamos a tener que hacer varios viajes.
Antolín se acomodó la guitarra y observó el paisaje.
—Por lo menos, el lugar no está nada de mal. Ahora falta comprobar si vamos a poder vivir aquí sin volvernos locos.
Los tres se echaron a reír, aunque la preocupación por el traslado era real.
En ese momento, una camioneta Datsun se detuvo cerca de ellos. Al volante iba don Sergio Chito Pérez, quien se dirigía precisamente hacia el sector de Changüé.
Fernando se acercó para preguntarle si sería posible que los llevara un trecho por la playa, hasta algún punto cercano al lugar donde pensaban instalarse.
Don Chito observó a los tres amigos y el voluminoso equipaje que tenían junto a ellos.
—¿Van para Changüé? —preguntó.
—Sí. Venimos de Los Muermos para trabajar en la lamilla durante la temporada —respondió Fernando—. Pero tenemos hartas cosas que llevar y la caminata se nos va a hacer larga.
Don Chito no se hizo de rogar.
—Ya, súbanse. Voy para allá. Veamos cómo acomodamos todo.
La disposición del conductor les vino como anillo al dedo. Con su ayuda, el problema que unos instantes antes parecía difícil de resolver se convirtió en un traslado mucho más sencillo.
Mientras acomodaban las pertenencias en la camioneta, otros muerminos que habían llegado con el mismo propósito se acercaron para averiguar si también podían aprovechar el viaje.
Don Chito procuró ayudar en lo que pudo. Era conocido en el sector por su disposición a colaborar con quienes llegaban durante la temporada, especialmente con los trabajadores que necesitaban orientación para instalarse y comenzar sus labores.
Una vez acomodados los bultos, la camioneta reanudó la marcha.
Las primeras lecciones de don Chito.
Durante el trayecto, don Chito comenzó a conversar con sus pasajeros.
—¿Y ustedes son todos de Los Muermos? —preguntó, mirando por el espejo retrovisor.
—Sí, poh —respondió Héctor, el Caluga—. Venimos a probar suerte. Nos dijeron que por aquí se podía ganar buena plata con la lamilla.
—Sí, cuando está abierta la temporada y se puede trabajar, hay movimiento. Pero hay que respetar las vedas y las disposiciones que correspondan. No conviene meterse en problemas por querer sacar más de la cuenta.
Don Chito les explicó que, por su participación en asuntos vecinales y por las capacitaciones a las que había asistido, conocía algunos aspectos de la actividad. Les habló de la importancia de respetar los períodos autorizados para la extracción y de estar atentos a los controles que se realizaban para proteger los recursos.
Los tres escuchaban con atención. Hasta entonces, su conocimiento del negocio se basaba principalmente en lo que habían oído en Los Muermos.
—Y una cosa más —agregó don Chito—: por aquí le decimos lamilla. En otros lugares la conocen como pelillo. Es un alga que se da muy bien en estas aguas.
—¿Y se vende toda? —preguntó Héctor.
—Hay compradores que vienen a buscarla, sí. Después la procesan para obtener agar, que se utiliza en distintas industrias. Pero ustedes preocúpense primero de aprender bien el trabajo y secarla como corresponde.
Antolín, que hasta ese momento había permanecido callado, intervino:
—Entonces, no basta con sacar mucha. También hay que saber prepararla para que tenga buen precio.
—Exactamente —respondió don Chito—. Una cosa es llenar sacos y otra muy distinta es entregar un producto de buena calidad.
Hoy sabemos que la lamilla o pelillo al que se refería don Chito corresponde a Agarophyton chilense, un alga roja nativa de importancia comercial. De ella se obtiene agar, una sustancia utilizada en diversas industrias, entre ellas la alimentaria. Sin embargo, para los recolectores de aquella época, el alga representaba, ante todo, una oportunidad de trabajo y una fuente de ingresos que justificaba el esfuerzo de largas jornadas en la playa.
La conversación continuó mientras la camioneta avanzaba sobre la arena.
De pronto, los tres amigos comenzaron a divisar numerosas carpas de nailon instaladas a lo largo de la playa. Algunas eran pequeñas y sencillas; otras tenían una estructura más amplia, levantada con varas y palos que sostenían el plástico. Cerca de ellas se veían montones de algas extendidas sobre la arena, utensilios, cajas y otros elementos propios de los campamentos.
Antolín contempló la escena con particular interés.
Aquello era mucho más que una playa donde se recogían algas. Era una pequeña comunidad de trabajadores que, durante la temporada, levantaba sus refugios, organizaba sus faenas y dependía del sol y del viento para transformar el alga recién extraída en un producto comercializable.
—Mira tú —comentó—. Parece que se ha instalado un pueblo entero aquí.
—Y nosotros vamos a ser parte de él —respondió Fernando.
Los tres comenzaron a buscar un lugar adecuado para levantar su carpa. Necesitaban un espacio que les permitiera descansar, secar las algas y mantener sus pertenencias relativamente protegidas.
Después de avanzar unos minutos más, encontraron un sitio que les pareció apropiado.
—Don Chito, ¿podría dejarnos por aquí? —preguntó Fernando.
La camioneta se detuvo y los amigos comenzaron a bajar las cajas, las provisiones y los materiales.
Antes de partir, agradecieron sinceramente al conductor por la ayuda y por las explicaciones que les había entregado durante el recorrido.
—Que les vaya bien, muchachos —les dijo don Chito—. Trabajen harto, cuiden sus cosas y no se olviden de estar atentos al tiempo. En la playa, cuando se larga a llover, la cosa cambia rápido.
—Muchas gracias, don Chito —respondió Fernando—. Nos ha salvado con el traslado.
Don Chito sonrió, se despidió y volvió a poner en marcha la camioneta.
Los tres amigos quedaron solos frente a sus pertenencias, rodeados por el ruido del agua y el movimiento de los trabajadores que ya se encontraban instalados en la playa.
Ahora sí, la aventura comenzaba de verdad.
Una despedida y un extraño personaje
Mientras todavía observaban el lugar, Fernando recordó algo que don Chito les había comentado durante el trayecto: los compradores japoneses adquirían buena parte de la producción de lamilla.
El dato no les sorprendía demasiado. Sabían que el alga tenía un mercado y que su precio dependía de la demanda. Sin embargo, antes de despedirse definitivamente, don Chito les había contado algo más que despertó su curiosidad.
—Hay una cosa que quizás les interese saber —les había dicho, cuando todavía estaban junto a la camioneta—. Últimamente han visto a un japonés recorriendo la playa con unos frasquitos. Anda recogiendo muestras de algo entre las algas. Se supone que es para hacer análisis, pero nadie sabe con certeza qué anda buscando.
Lo había dicho con naturalidad, como quien comenta una curiosidad que circula entre los trabajadores.
Para Fernando y Héctor, la noticia quedó en segundo plano. Tenían demasiadas cosas que resolver antes de pensar en las actividades de un comprador extranjero. Debían levantar la carpa, ordenar sus provisiones y encontrar la mejor manera de organizar el trabajo para comenzar cuanto antes.
Antolín, en cambio, no pudo evitar quedarse pensando en las palabras de don Chito.
¿Qué interés podía tener aquel hombre en recoger muestras entre las algas? Si los japoneses ya compraban la producción para obtener agar, ¿por qué necesitaban llevarse pequeños frascos con muestras tomadas directamente en la playa?
¿Habría algo más que desconocían?
Miró hacia los montones de lamilla extendidos sobre la arena y después hacia las carpas que se distribuían a lo largo de la costa.
No tenía respuestas. Tampoco había motivos suficientes para sospechar que estuviera ocurriendo algo fuera de lo común. Al fin y al cabo, tomar muestras y realizar análisis podía formar parte de cualquier actividad comercial relacionada con un recurso natural.
Aun así, la historia le había despertado una inquietud que no conseguía apartar del todo.
—¿Qué tanto piensas, Antolín? —le preguntó Héctor, mientras comenzaba a ordenar las cajas.
—Nada, hombre. Me acordé de lo que dijo don Chito sobre ese japonés que anda recogiendo muestras.
—¿Y qué tiene de raro? —Respondió Héctor—. Si compran las algas, tendrán que saber qué hacen con ellas.
—Puede ser —contestó Antolín—. Pero me gustaría saber qué anda buscando exactamente.
Fernando intervino desde el otro lado del equipaje.
—Ya tendremos tiempo de averiguarlo. Por ahora, pongámonos a trabajar, que no vinimos hasta aquí para quedarnos conversando.
Antolín sonrió y dejó el asunto de lado, al menos por el momento.
El sol avanzaba sobre la playa y todavía quedaban muchas cosas por hacer antes de que llegara la noche. Había que armar la carpa, acomodar las provisiones, buscar agua y organizar el campamento para comenzar la recolección al día siguiente.
Los tres amigos se pusieron manos a la obra, convencidos de que habían tomado una buena decisión al viajar hasta La Pasada.
No podían saberlo todavía, pero aquella playa guardaba preguntas que iban mucho más allá del precio de la lamilla y de los ingresos que esperaban obtener durante la temporada.
Por ahora, solo tenían una certeza: el trabajo recién comenzaba. (M.R)@
Continuará…