Cada año, durante la década de los setenta, se celebraba la tradicional fiesta de aniversario y conmemoración en el conocido colegio de las monjas ubicado en la localidad de Los Muermos. Esta fiesta, organizada por el Centro de Padres y Apoderados tenía como objetivo reunir fondos para realizar mejoramientos y ampliaciones necesarias en el establecimiento educacional beneficiando así directamente a la comunidad educativa local.
Con el tiempo, estos eventos mejoraban notablemente en presentación y popularidad. La fiesta anual celebrada en invierno, se hizo tan conocida y famosa que atraía a un gran número de vecinos de la zona y de lugares más allá de la frontera comunal. Era un momento muy esperado, donde las personas acudían a celebrar, compartir y bailar, disfrutando así de una buena causa que contribuía al progreso y desarrollo del colegio, fundado años atrás por las propias monjitas.
La fiesta incluía emocionantes subastas de deliciosas tortas, kuchen y otras exquisiteces. Además, se ofrecían ricas empanadas caldúas acompañadas de buenos vinos y bebidas para los asistentes. Entre las novedades de la fiesta, destacaba el concurso de la tradicional elección de las candidatas a reina, que eran de los propios cursos del colegio. Todo esto hacía que esta fiesta fuera un evento emocionante y realmente inolvidable, que muchos muerminos aún recordarán.
La música era un factor clave para las buenas piezas de bailes y cada año se contrataba una orquesta diferente para que marcara la diferencia en la ocasión. La noche de aquel sábado de julio, había llegado y el gimnasio del colegio estaba completamente abarrotado de gente; las entradas se habían vendido en su totalidad. Las personas se distribuían en sus respectivos asientos y mesas rodeados de una decoración que creaba un ambiente perfecto.
Botellas de vino desde la cantina y docenas de empanadas de la cocina fluían sin cesar hacia los comensales. En la botillería don Abel Barría era el responsable de la venta de vinos, licores y bebidas asistido por otros dos apoderados del colegio. Mientras tanto en la cocina la señora Susana Arias y un grupo de mujeres muy trabajadoras se encargaban con dedicación y esmero de preparar las deliciosas empanadas.
En ese momento la orquesta comenzó a entonar sus primeros acordes, haciendo retumbar los parlantes en la mejorada acústica del gimnasio. Esto animó a todos a levantarse de sus asientos y lanzarse a bailar al ritmo de los temas más populares del momento, interpretados magistralmente por una aclamada orquesta proveniente de la capital regional.
Todo este ambiente era habitual cada año, generando una atmosfera de expectativa y fiesta. ¡ Era, sin duda, el inicio de una noche sin igual ! Sin embargo, llegó lo inesperado en la fiesta de invierno de aquel año: algo que no estaba previsto en los planes de nadie, ni de los comensales, ni de las familias de apoderados, ni si quiera las monjitas.
El pánico llegó de un momento a otro, sin previo aviso, cuando un corte en el suministro de la energía eléctrica envolvió y cambió todo el ambiente. La penumbra se apoderó del lugar, generando inmediata expectativa y tensión.
El presidente del centro de padres, siguiendo su costumbre, llevaba una linterna en sus manos, una de esas de cuatro pilas grandes, que encendió y cuya luz generó una pequeña tranquilidad momentánea. De manera instintiva otros apoderados del centro de padres se reunieron inmediatamente alrededor de la luz de la linterna. La madre superiora de la congregación llegó también al centro del gimnasio uniéndose al grupo, al igual que el cura del pueblo, todos bajo la luz de la linterna.
Don Gil Agüero, el electricista del pueblo, pronto comunicó que los tapones no habían sido la causa del corte de luz. Él se dirigió al lugar donde estaban los tapones, encendiendo fósforos para iluminar y revisar. Al hacerlo, comprobó aquello. Los tapones mencionados eran aquellos antiguos fusibles eléctricos que contenían dos filamentos delgados de cobre en su interior y que se fundían con el exceso de corriente, interrumpiendo así el flujo de energía y protegiendo el circuito eléctrico.
Don Gil dejaba claro que los tapones no habían sido la causa. Mientras tanto, los Carabineros apostados en la entrada del local, que custodiaban el lugar, informaban que se trataba de un corte generalizado en todo el pueblo, siendo esa toda la información disponible en ese momento.
Mientras todo el pueblo estaba a oscuras, a la luz de una linterna en el gimnasio de la fiesta, nació una idea entre los padres, apoderados y el propio cura del pueblo. Según cuenta la historia, habría sido el cura, el Padre Nelson, quien propuso buscar paquetes de velas disponibles en la casa parroquial que se encuentra contiguo al colegio. Dos apoderados voluntarios se ofrecieron ir a buscarlas para distribuirlas en las mesas de los comensales.
Sin embargo, ahí no quedó toda la creatividad de los apoderados y el propio cura, sino que también se propuso ubicar a Heriberto Aguilar el conocido y popular acordeonista del pueblo que casualmente estaba presente en la fiesta y había sido visto por ahí cerca.
De forma espontánea el cura alzó la voz con un vozarrón fuerte y ronco, solicitando calma a todas las personas. Con la luz de la linterna, pidió al público que permanecieran en sus asientos y mesas, haciendo un llamado a no retirarse, ya que no se sabía cuánto tiempo duraría el corte del suministro eléctrico. Aseguró que llegarían paquetes de velas en poco tiempo y que la fiesta se reanudaría.
Con la misma y fuerte entonación, entre toda la gente, el cura llamó a Heriberto Aguilar por su nombre y solicitó que se acercara diciendo:
—Sabemos que se encuentra entre los comensales, en alguna una de las mesas. Por favor para que se acerque
Con obediente amabilidad Heriberto, al escuchar las palabras del cura, se levantó de su puesto y se acercó, diciendo; —Aquí estoy presente Padre.
En ese momento el cura Nelson, anunció a todos los comensales que se dispondría de un vehículo para que Heriberto vaya a buscar su acordeón a su casa en el pueblo y de paso la guitarra del acompañante.
Ante la insistente solicitud del cura y dada la necesidad del momento, Heriberto no dudó en acudir rápidamente a buscar su acordeón para interpretar su música más conocida en el pueblo, acompañado de un talentoso guitarrista local que se sumó a la iniciativa.
La convicción y la fuerza de las palabras del cura, junto con su propia fe, fueron ingredientes perfectos para convencer al público de la fiesta y mantener viva la expectativa.
El público se mantuvo a la espera de la llegada de Heriberto y su acordeón, clave para reanudar la celebración. Las palabras del cura resultaron cruciales en ese momento y lograron convencer a todos los presentes de que Heriberto y su acordeón estarían allí pronto. La esperanza renacía en el ambiente.
Pronto llegó Heriberto con su acordeón y acompañado por el guitarrista, a la fiesta Muerminas más grande de la época que había sido interrumpida por el corte de luz. Sin embargo, este imprevisto no fue un obstáculo para los organizadores ni para los presentes que deseaban seguir disfrutando del evento nocturno tan esperado. La llegada de Heriberto con su acordeón junto al guitarrista, fue recibido con alegría y aplausos, revitalizando así la celebración.
Todas las mesas lucían sus candelabros con velas encendidas, creando un ambiente alegre y con un toque romántico. El escenario había cambiado de un momento a otro y en una de las mesas centrales, ubicada cerca de la pista de baile en el centro del gimnasio, fue la mesa elegida donde Heriberto y su compañero se subieron para prepararse a tocar. Pronto resonaron los primeros acordes de su música ranchera y de los más puros estilos mexicanos, que tanto caracterizaban a este dúo del pueblo en aquellos años.
Las primeras canciones fueron un éxito total, demostrando su gran destreza y dominio de la música, con una excelente entonación de sus voces. Nuevamente la fiesta cobraba vida, mientras llegaban más candelabros con velas, el vino y las docenas de empanadas seguían circulando. Todos bailaban al ritmo del improvisado dúo de músicos muerminos, estallando en aplausos al termino de cada canción. La energía era contagiosa y la fiesta estaba en su pleno apogeo.
El fotógrafo oficial del pueblo don Roli Gatica, era parte del ambiente, siempre estaba listo con su cámara y baterías cargadas para capturar cada momento importante del evento, con su flash, siguiendo la tradición anual que ya se había consolidado en el pueblo.
Entre cada canción, el dúo de músicos hacia pausas necesarias para descansar y brindar con unas copas de vino, refrescando sus gargantas con el tinto que les permitían mantener la energía y la calidad de su canto.
Así transcurrió la noche entre bailes, juerga y diversión, hasta que, ya entrada la madrugada, todos, cansados y satisfechos, comenzaron a recoger sus pertenencias para partir. En ese momento, como un regalo celestial tardío regresó la luz. Aunque la banda electrónica se había retirado, Heriberto con su acordeón y el guitarrista permanecieron, logrando que la fiesta fuera una éxito rotundo y memorable.
La fiesta fue un éxito total y los organizadores celebraban los resultados positivos gracias a Heriberto y el guitarrista. Ambos músicos fueron compensados adecuadamente por su destacada actuación.
Horas después, se conoció la causa del corte de luz que afectó al evento: un camión se desvió de su ruta, debido a las malas condiciones del camino rural de acceso al pueblo y chocó con un poste del alumbrado público. Este incidente provocó la interrupción del suministro eléctrico en la zona y el personal de la empresa eléctrica trabajó arduamente para restablecer el servicio.
Esta ha sido la historia de un evento real donde Heriberto conocido cariñosamente en el pueblo como “Picho Aguilar” destacó y realzó sus dotes musicales de manera excepcional. Aunque era una figura familiar en Los Muermos, aquella noche fue la que lo llevó a brillar de manera especial, dejando una huella imborrable en la memoria de los asistentes.
Es válido también recordar que hubo otro acordeonista destacado en el pueblo, Rolando Paredes, conocido por su música con acordeón de botones, a diferencia de otros tipos de acordeones como son las de piano. Rolando pertenece a una familia conocida y apreciada en el pueblo y su talento musical era evidente, cuando vivía en la localidad. En ciertas ocasiones, era posible oír las melodías de su acordeón, incluso desde fuera de su casa, la música llegaba hasta la esquina de su vecino, los Leiva. De esta manera, el barrio se convertía en un improvisado auditorio donde los vecinos podían disfrutar de su música.
Las historias de Rolando Paredes junto con la de Heriberto Aguilar forman parte del recuerdo colectivo de los que habitaban en los albores el pueblo, donde ambos músicos destacados en el arte del acordeón, dejaron una huella recordable. Sus contribuciones musicales, aunque forman parte de una tradición del pasado, perduran en la memoria y son parte de las Crónicas Muerminas (M.R)@