• 15 de Mayo

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En la localidad de Los Muermos una familia residió en una emblemática casa de madera de dos pisos de color mostaza, ubicada en una esquina central del pueblo, aunque ya no se encuentra en pie. Junto a la vivienda se encontraba el taller mecánico, de Eduardo, el menor de los hijos de don Marcial, quien destacaba por su pasión y destreza en el oficio de reparar bicicletas, un servicio sumamente valioso y escaso en aquella época. Con el paso del tiempo, Eduardo, un fumador inveterado, expandió su expertise y giro comercial a motos y la mecánica automotriz, destacándose especialmente en el mantenimiento de las icónicas citronetas.

Sin embargo, era en la regulación de los rayos de cada una bicicleta donde Eduardo ponía a prueba su infinita paciencia, un proceso que requería meticulosidad y atención al detalle para garantizar el perfecto funcionamiento de las ruedas. Concentrado, dedicaba su tiempo a equilibrar cada rayo como si fuera una cuerda, asegurándose que quedaran impecablemente ajustados mientras el humo de sus cigarrillos flotaba en el ambiente de su taller.

En su taller cada cigarrillo que Eduardo encendía acompañaba su meticuloso trabajo. Revisaba a ojo de experto cada rayo de la llanta, sustituyendo los quebrados por unidades nuevas que el mismo vendía en su negocio. Junto a esto, ofrecía otros artículos como cadenas, chavetas, ejes, masas, rodamientos, frenos, pedales, neumáticos y una amplia gama de repuestos y accesorios para bicicletas.

Llamaba la atención el uso de la herramienta para tensar los rayos. Cuando Eduardo consideraba que la tensión se ajustaba, el hacia sonar el rayo con sus dedos. El tono característico del sonido que producía el rayo indicaba la tensión perfecta, un conocimiento que solo el poseía para cada rueda de la bicicleta. Eduardo regulaba los rayos de las bicicletas posicionándolas al revés en el suelo y haciéndolas girar para verificar el funcionamiento equilibrado. Con un rotulador, marcaba cualquier desviación y tras repetir el proceso un par de veces lograba dejar la rueda perfectamente regulada.

En el pueblo, todos conocían al amigo Lope y su familia, quienes con el tiempo según se supo, se trasladaron a la ciudad de Gorbea. Quienes tuvieron la oportunidad de verlo trabajar podían apreciar su profunda concentración, su cigarrillo siempre presente, su paciencia infinita y su característica reserva al hablar, que lo hacían una figura singular y respetada. Lo anterior le convirtieron en su sello distintivo y quedarán en el recuerdo como parte de la historia de Los Muermos, para Crónicas Muerminas (MR).